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De cómo lidiar con la valentupidez



El pasado 28 de Noviembre asistí por primera vez a una sesión de Creative Mornings. Esto es una serie de conferencias mañaneras en las cuales uno va y desayuna mientras escucha a algún experto en procesos creativos y después se queda a conocer gente que está en la misma onda: escuchando y aprendiendo. Entonces, una vez al mes y el mismo día en distintas ciudades del mundo, se habla del mismo tema. En esta ocasión, bravery.


La conferencista, Carolina Leyva, tradujo esa palabra como valentía. Y comenzó la charla con un concepto bien curioso: La Valentupidez: Ese oscilar entre la valentía y la estupidez que se experimenta al correr riesgos. Muy didácticamente, Carolina explicó las distintas fases de la valentupidez: el miedo, la incertidumbre, el evaluar el riesgo y el salto al vacío. Esto último puede ser más valiente o más estúpido dependiendo de qué tan bien se evalúen los riesgos.


Tan pronto ella terminó esa explicación, se me vinieron a la mente todas las veces que yo había sido muy valiente y las que había sido muy estúpida en el trabajo, con los chicos y en mi escritura. Ahí me conecté otra vez con Carolina Leyva. El proceso creativo de un diseñador implica saltar al vacío del mismo modo que un escritor cuando intenta escribir una historia verosímil o un ensayo coherente. Se siente el mismo el miedo, la misma incertidumbre cuando a uno se le ocurre una idea y luego de muchos borradores y de dejar añejar el texto, uno evalúa  el riesgo al editar y editar. Finalmente uno salta al vacío publicando de algún modo: entregando el artículo, en el blog, regalándole el texto a alguien, leyendo la tarea en voz alta, etc. Y sí, uno puede acercarse a la estupidez o a la valentía. Pero ¿cómo acercarse a la segunda?

La estrategia que ella propuso fue la empatía. Empatía. Sorprendente me pareció por dos cosas. La primera, por los diferentes pasos necesarios para lograrla. Me quedó claro que no es algo mágico y que es congénito. Es decir, todos podemos usar la empatía para resolver cosas si hacemos lo siguiente:

1. Tener la voluntad para empezar. Decidir comenzar un proceso.
2. Meterse en el cuento. Investigar. Preguntar. Usar herramientas de otros campos del conocimiento si es necesario para conseguir la información que se necesita. No recuerdo si fue ella o algún asistente quien nombró la etnografía como una forma de conocer el grupo objetivo para el que estaba diseñando en un proyecto. Tambien dio el ejemplo de cómo una diseñadora de 24 años, creo, se había vestido y vivido como una mujer de 60 años durante 3 años para poder diseñar productos para el adulto mayor. Con todos estos ejemplos entendí que este paso sirve simplemente para romper los prejuicios que uno como creativo pueda tener sobre lo que está creando.
3. Luego de "hastiarse" de toda esa información, es necesario alejarse de la cuestión que se busca resolver. La distancia permite tener una visión completa del problema a resolver o del sujeto para quien se diseña. Es muy importante reconocer cuándo tomar distancia. Si no se toma distancia, el que trata de crear o dar una solución tambien se vuelve parte del problema.
4. Responder con una solución, un producto, una historia que se acerque más a la valentía que a la estupidez. Carolina Leyva ilustró este proceso desde el punto de vista de una diseñadora y del y de lo que tuvo que hacer para producir un juego de cartas que le ayudaban a niñas, que debían hacerse un test Papanicolau, a hablar de su sexualidad frente a sus padres y médicos.

Mientra ella contaba cómo logró crear este juego de cartas, a mí se me ocurrían todas las veces que me había acercado más a la estupidez que a la valentía por saltarme alguno de estos pasos al escribir. Encontrar lugares comunes en el proceso creativo de ella y el mío me hizo sentir un poco menos extraña entre todos los diseñadores, ilustradores, arquitectos o artistas visuales que la escuchaban también. Y también me hizo pensar que el proceso creativo puede tener los mismos obstáculos para todo el que lo intenta así que, si traduzco la empatía a mi escritura, sonaría así:

Lo más dificil de la escritura es decidirse a escribir. Aún no entiendo bien como es que mi mente pone tanta resistencia a simplemente teclear o escribir palabras claves en un papel para empezar a escribir. Muchos pensamientos con cara de excusa se atraviesan y siempre, siempre hay alguna razón para postergar la tarea de garabatear por primera vez en una hoja en blanco o teclear las primeras palabras en un procesador de palabra. Cuando al fin me decido a escribir, entonces me doy cuenta que no sé nada del tema en cuestión. Tengo que leer otros libros o historias con las mismas temáticas, cómo un autor presenta un personaje en una historia, tengo que preguntar, investigar. En ese punto entiendo por qué sentía tanta resistencia. El trabajo es inimaginable. Y ya despues de empezar a investigar y descubrir cosas, es imposible parar. Lo único que queda es empezar a hacer borradores, escribir, "hastiarse" mucho de toda esa información que se ha recogido y que se está produciendo. 

En algún punto, es necesario decidir cuando dejar de corregir. Usualmente es una fecha límite, porque en realidad editar un texto propio es de nunca acabar. Jamás estará lo suficientemente esto o lo otro pero tomar distancia es vital. Eso en un texto de creación literaria, puede que tome una semana, 6 meses, 1 año o 10 años. Sólo al cabo de ese tiempo, realmente se vuelve a mirar un texto propio con nuevos ojos, según le escuché a alguien experto en el tema. Para mí, es ponerse en los zapatos del lector y dejarse llevar por las palabras como si se leyeran por primera vez. Es ahí cuando saltan a la vista los desaciertos, las frases enredadas, la puntuación confusa, y todos los detalles delatores de eso que debo evitar al investigar: dar por hecho que el lector ya sabe lo que quiero decir. Y otra vez a editar y arreglar. Después de todo ese trabajo, no queda más que tomar una decisión todavía más difícil que la primera: dar a conocer el resultado de ese proceso. Pero no termina ahí. Ya después de publicado, entregado o leído el texto, es necesario olvidarse y dejarlo ir porque ya no se puede controlar cómo toma vida en las mentes de los lectores. La pregunta que me asalta es ¿Será que hasta esto último es empatía también?



Para mí, esta charla sobre el proceso creativo me ha dado una herramienta muy positiva para no rendirme al escribir y que si aprendo a usarla en mi proceso de escritura creativa, puede que me acerque más a la valentía que a la estupidez: Empatía conmigo misma, con el otro, con el lector, con las ideas, con los personajes, con las palabras. 

Gracias por la empatía, Carolina Leyva.




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