Saturday, 11 September 2010

Quigua

El cielo parpadeaba a través de los árboles
y desnudaba sus ojos en el reflejo del agua fría.
La luna se preparaba para su tercera noche
desempolvando el manto de niebla y los collares de estrellas.

La luna bailaba con las nubes
las rondas del juego y el ensueño,
mis pies se escondían en las sombras de los árboles
mientras mi voz se confundía con el canto de los currucús.

Era el paso del duende con sus yeguas trenzadas
que galopaban al son de las olas,
decía la vieja Ernestina.
Yo sólo esperaba
que la luna se desnudara toda para ver el camino a casa.

Mezclado con tu sangre,
cantaba la antigua fórmula para llamar al duende de las yeguas hechizadas.
Nunca vino.
Mi canto se convirtió entonces
en el eco de mi dolor y mi muerte.

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