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Daniel Ruiz García La canción donde ella vive. Editorial Calambur. Colección Narrativa, 43 2009


El último día que estuve en Jerez de la Frontera, me invitaron al lanzamiento de una novela gracias a un amigo librero de quien me hospedaba allí. El ritual era el mismo: el autor sentado junto a algún amigo entrañable y un "presentador". La diferencia de este evento residía en el lugar: un patio de una casa antigua en el que se sentían el sopor del atardecer y el olor a naranjas frescas. Ya llevaba varios días husmeando en las entradas de las casas antiguas de Cádiz, Jerez y Sevilla para ver los hermosos patios que protegen estas edificaciones del calor inclemente del verano andaluz y estar por fin en uno resultaba complaciente a mi curiosidad. Llegamos un poco tarde con mi amiga, así que apenas tuvimos tiempo de escuchar el primer capítulo. El tema de lo urbano más la música me recordó a Andrés Caicedo, a Chaparro y su Opio en las nubes. Esta novela pensé, bien podría caber en mi clasificación de obras calcinantes que me producen desespero. No me equivoqué.
 
El argumento de la historia era vertiginoso e imparable. Ahí recordé a Andrés Caicedo y sus trágicos personajes, y cada vez que se nombraba alguna canción más me acordaba a Chaparro y su modo de insertar estribillos en las escenas. Por eso, la devoré en menos de una semana. Sin embargo, encuentro dos elementos que le dejan un tono inacabado. Primero, su exagerado modo de describir repetitivamente un estado, emoción o pensamiento. Por ejemplo, en la pag 57 hay 7 frases para describir un sólo estado emocional del protagonista. Todo esto palabrarerío para describir algo bien se podría reducir a dos o incluso una frase. Segundo, ese tono de culpabilidad con que el protagonista le cuenta la historia a su mejor amigo. Aquello de perdóname, sigue leyendo, no juzgues, no pienses mal, etc resulta muy soso. Uno de los elementos más interesantes de esta novela es que el narrador tenga un interlocutor específico. Eso hace que el lector se ponga en el lugar de ese interlocutor y se acerque a la historia de un modo cómplice. Pero cuando me tropecé con ese tono de culpabilidad indulgente, ya no quise sino saber el final de la historia y el efecto enganchador se perdía.
 
A pesar de todo ello, llegué al final sin mucha a demora. Hacía tiempo que no leía este tipo de novelas. Pertenecen a un momento en mi vida en que yo creía que me había perdido de muchas cosas al crecer en un pueblo pequeño. Estas novelas alimentaban mi avidez de nombres, títulos de canciones, autores, compositores, etc. Hice largas listas tratando de ponerme al día hasta que llegué a Rayuela de Cortázar. Las descripciones de embriaguez de los personajes del Club y los soliloquios de cada quien me sonaban como en otro idioma. La canción donde vive ella me recordó a Rayuela porque el discurso de los protagonistas también estaba plagado de nombres, autores y músicos. En mi mente, leer La canción donde vive ella fue como hacer un gran flashback a una época llena de acelere, discusiones literarias y lecturas trastabilladas.

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